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dimecres, 12 de novembre de 2014

Teresa Domingo Català

Canta la nube,
tu voz me escucha,

canta la nube
sobre la ducha.

Te envuelven blanco
mis azahares,

te envuelven blanco,
mis olivares.

Eres el niño
al que consiento,

eres el niño
que me da el viento.

Eres mi hombre,
mi más Amado,

eres mi hombre,
crucificado.





























Vinieron las espuelas y las balas y tú te enamoraste. Me dijiste que mi sangre te latía en la mirada, que en tus ojos mis ojos esplendían y la luz te inoculaba el amor, y el corazón resplandecía en el pecho como el níquel, y como aluminio el agua de tu cuerpo respiraba los besos en mi boca.
Me dijiste que me amabas  como si en mi coño hubieses encontrado las razones del Génesis, como si Dios me habitara, como si el cordón umbilical te uniera a mí y no quisieras desasirte.
Entonces me follabas e introducías en mis muslos el solsticio, la querencia apasionada de un deseo que iba más allá del lenguaje, que incidía en el verbo y se mostraba en el semen derramado.
Y cómo me jodías, con el pulso acrobático de las ranas, con el estilete acuoso de las horas. El tiempo aceleraba sus impulsos y en la carne se dibujaba un gorrión.
Mis pechos te habitaban. Los guardé para ti, para que mi leche fuera pura, para que te enredases en los campos de cebada y, en el canchal, buscases los brocales que los cisnes abrieron para mí. Abiertos en el suelo donde amaste las secuelas de mi muerte.








































Llegan los cementerios en noviembre con las flores blancas de los muertos. En un jarrón miro cómo las margaritas se disecan, cómo el aire lleva el olor de este otoño que crece y que comprime la luz en pocas horas, como si nos la tragáramos y respirásemos las tardes oscuras.
Yazco en mi soledad. La misma soledad de las flores que brotan en mi cuerpo como tatuajes vespertinos y aromáticos, y que juntas forman un jardín que abre paso a la nostalgia.
Te despediste con un ramo de azucenas. Las besaste, y con tus besos las cogí, y las puse desnudas en el fuego para guardarme sus cenizas.
Los castores se comieron la madera en que guardé los esqueletos con los tallos relucientes, y en ese verdor te comprendí. Saludé tu ausencia y las lágrimas fueron dulces. Decidí esperar a que cayeran todas las hojas, a que viniera el frío con sus ojos de nieve antes de que regresaras desde el infinito a donde fuiste. Sabía que un trozo de infinito sería para mí, para que lo luciera en las orejas, junto al cuello, y en su centro llevaría el azul de tu mirada.


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