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dilluns, 31 de desembre de 2012

Albert Guiu Bagés




Jorge Luis Borges (1899-1986)

Decir Borges


Imaginar a Borges en las nubes,
es presentir con los ojos cerrados
una tormenta de mil inteligencias.

Pensar a Borges mientras llueve,
es entrever en cada gota que cae
un secreto de la imaginación.

Juzgar a Borges por su literatura,
es dar un veredicto de Dios
a un ciego que inventaba luces.

Visitar a Borges en sus infinitos,
es entrar en un despacho
con hechizos en lugar de diplomas.

Leer a Borges en los reflejos del océano,
es entender que en el alma de cada gota de agua
cabe el mayúsculo cuerpo del mar.

Interpretar a Borges tras sus metáforas,
es robar la llave a Alicia
para entrar en el país de las maravillas.

Recordar a Borges en sus palabras,
es balancearse con vertiginosas cavilaciones
en el columpio de sus inmortales palabras.

Decir Borges en la semántica literaria,
es recordar el escalón del Aleph
y admirar todo el universo en su mente.

Gustavo Adolfo Bécquer


Bécquer contempla el cielo por última vez,
se mueren definitivamente las golondrinas,
sus dedos dejan de cavilar en el arpa,
todavía joven, añora con tristeza, una vejez imposible,
las pupilas que le preguntaban por la poesía
pasan del azul a las tinieblas,
el poeta hace las maletas del silencio.

El cielo contempla a Bécquer por última vez,
se inmortalizan las golondrinas
desde su imposible regreso de alas negras.
Toda la bandada comprende su sensibilidad,
desde un rincón suena su arpa,
alguien susurra “no sé qué te diera por un beso”,
se abren sus maletas en la barca de Caronte,
y como de una caja de Pandora de hermosuras
surgen rimas que siempre volverán.

La muerte da paso a la eternidad,
Bécquer da paso al otro Bécquer,
al de todos los ojos ávidos de poesía
que siempre viajarán a las páginas,
firmadas por el profundo espíritu
de la leyenda que escribió las leyendas.

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