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diumenge, 25 de desembre de 2016

Teresa Domingo Català



Amado, he recorrido la fragua de la noche. Me he alistado en el fragor de sus ejércitos para ser más tuya todavía.
He llenado mi pecho de esmeraldas. He conseguido evitar las circunvalaciones del deseo, cuando se erige en un océano brumoso y todo el agua es negra y sin reflejos.
Amor, he visitado el agua mansa, el agua quieta, el agua inamovible, que está y que es agua detenida por el fluir de la eternidad mágica y amante.
Llevabas la barca como un ángel. Me mirabas la memoria. Sabías que dentro de mi sangre se levantaba la torre del Señor, la que asciende sin parar hasta los cielos.
Como un estanque que se dora por el día, como el mismo oro que renace de tu pelo, el amor es amarillo. Es sol y un sol que crece milagroso y anhelante. Es un deseo de sustancia, de materia, en que la nada es vencida para siempre por el santo que mató el dragón de fuego y degolló la tristeza del tiempo.
Me alojé en el vaho de las horas. Me vestí de minuto y me desnudó la carencia, el absurdo de transitarme en otros brazos, en sentir inmenso tu boca en mis pezones, el ardor insomne de mi coño que soñaba con tus ingles escarlatas.
Me teñí la piel de rojo. Era roja entera, como el interior de mis entrañas. Era roja como el cielo cuando empieza a despertar, cuando se duerme entre los intervalos perennes de la repetición, de la monotonía del nacimiento y de la muerte.
Me vestí de ti, mi amor, y fui odalisca, fui pirata, fue oficinista rutinario, fui la madre que te llevó en su seno, fui tu hermana incestuosa y grabé en mí el nombre de tu esposa.

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