Nieves Salvador Bayarri
Condúceme fuera de las cadenas del viento
hacia el mar que me ata y me salva
de los párpados hinchados de los ruidos.
Vientres me lamen los pies,
se clava en la cresta de la boca.
El orgullo engorda su billetera.
Las lágrimas de Dios
pongan luz en las almas.
Ya nadie pregunta,
y todos responden.
Negocian con las armas,
compran el silencio de los muertos.
Y solo se oyen
ruidos, solo ruidos,
el arma de los que gobiernan los bolsillos.
Nadie pregunta:
¿Hacia dónde voy?
Ruidos, solo ruidos, ruidos que arañan, ruidos de insomnio;
ruidos, solo ruidos.
Cerrado, el corazón, espero el milagro del poema.

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