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dimarts, 5 de gener de 2010

Manuel Méndez

Sé que sabes de donde viene
el murmullo que tensa
toda la geografía de tu cuerpo
cuando estás aislada
en el rincón de la estancia,
en el agujero
por donde pasan
crisálidas sin nombre.
Y sabes
que nadie va a venir.
Sabes
que yo ya no recuerdo
ni tan solo aquella querencia.


¿Qué puedo hacer?
¿Atravesar una estrella?
¿O quedarme quieto?
¿O alzar los brazos
con su cuerpo dolorido?
¿O robarle jirones a la luna?


Urdí una incomodidad,
una incertidumbre.
No se dio cuenta
Y continuó prendida de la añoranza.


Cuando vuelvas
desde otro tiempo,
¿qué rostro
me dirá quién eres?



Mientras,
la vela se apaga...
en un incendio de recuerdos.


Ella
siempre viene
atada a la brisa de todos los atardeceres.
Rostro de fango,
te acaricio a distancia.


Cierro los ojos,
oigo el fulgor de sus mejillas,
y yo estoy dentro
embebecido de lluvia de luna.


No te vayas, amor.
No sin antes decirme
qué será de los duendes.
Y del todo…
¿Quién se hará cargo, amor?


Oí un grito
en el quicio de una puerta
y un susurro contenido:
Eran ángeles primarios
aprendiendo de la incertidumbre.


Cuando atenazo
la levedad de tu estructura
presiento arcángeles
devotos de un Dios obsceno
que taladran tu hermosura.


Intensamente
caen lluvias acrisoladas
en el festín de la tormenta.
Un verso brilla
en la palma de su mano,
un relámpago se escapa.


Mi exhausta dependencia,
mis sueños de arena,
mis pensamientos imparables,
mi regreso desde el horizonte,
mis noches,
tu profunda herida.


Desolada la tierra,
la armonía desolada.
El tiempo solo es un murmullo,
se escapa
y se esconde
tu rostro.
Gritas
para que todo sea más pausado,
para que incluso todo retroceda.


Y quiero resolver,
quiero,
sí, resolver,
si puedo,
ese sueño
desde el que me arrastras.


Me hablan de tu hermosura,
me hablan
los vagabundos errantes,
las mesas carcomidas,
los escombros de la noche,
amontonados,
también me hablan.

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