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dissabte, 24 de desembre de 2011

Jorge Acebo Canedo


Notas para habitar Occidente


Quién reúne lo propio en lo prestado, espiga órganos atemporales, vasallo ante el trazo del barro, mientras labra el tiempo su oficio, quién reside en el hocico de las lluvias.
Qué yunque encorvado nos funde, la vértebra en su amura, quién trashuma con la navaja fielmente oxidada.
Apenas queda humear en la taza matinal de aquellos que nos conocieron, cuando se hayan drenado los calendarios.
No hay indicio puro.
Pensar hasta las últimas consecuencias se parece a esa vejez remada en las corrientes, que se agota sin distancias.
Progreso colmado de salitre, para qué romper en dos lo hecho y lo nunca por hacer. Para qué pernoctar de más, para qué abatir el sueño sin curtir la fatiga.
Latir rudimentario, que estallas en la boca del espacio, finaliza este exilio.
Espacio mental que nos diezmas, no has previsto las cañadas en tu desborde.

§

Sujeta a leyes extrañas sin rostro, alma que traficas en los páramos, qué importa el hombre que busca ser destino de otros.
Como tal, no puede atravesar sin atropello por lo que de un lado y de otro se encuentra. Esta vida quemará sus aranceles de paso.
Tú desciendes en ese lance de vegas arrojadas de los márgenes, escarcha producida en la metáfora sobre las salamandras, artificio del labio.
Tú desciendes, senda abierta, descombrada por el hechizo.
Seamos con los hombres hasta donde se pueda. Entonces, quedará salir de la piel con la que se nace.
Imprimir en ambos, ciegamente tal vez, esta tierra transitoria, y remitir un equipaje transparente que resucite en la siguiente generación.

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